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HARRY POTTER Y LA FUERZA PÁRSEL
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Capítulo XII: El reencuentro con Dumbledore

 
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JuanKa
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MensajePublicado: Jue Oct 12, 2006 3:59 pm    Asunto: Capítulo XII: El reencuentro con Dumbledore Responder citando

Les dirigió a un lugar cerca de la calle que llevaba a la casa de los gritos.

-Bueno, quiero que os pongáis a mi lado...- le dijo el examinador a los chicos.

-De acuerdo- respondieron estos.

-Señor Potter usted empezara primero, le voy a indicar un lugar y se aparecerá en él.

En ese instante dos aurores empezaron a gritar cerca de allí. Habían encontrado a un hombre atado detrás del cabeza de Puerco.

Cuando Tonks se giró de nuevo hacia los chicos, vio que el examinador cogía la mano de Harry y desaparecía. Pero a la vez Ron, que se había cogido a Harry después de lo que habían anunciado, desapareció con él.

Tonks, desesperada y muy asustada, ya que era ella quien tenia a los chicos a su cargo, dio voz de alarma en el pueblo. Mandando patronus al castillo. Uno a McGonagall, y otro al auror de la entrada. También avisó a todos los aurores que pudo, que se estaban en Hogsmeade. Buscaron por todos lados. Se dividieron en dos grupos. También fueron a ver a la persona atada y comprobaron que, como sospechaban, era el examinador.

----------------------------------------------------------------------------------------------***

Mientras tanto, Harry, Ron y el falso examinador se encontraban en una especie de abismo, donde Harry predijo que algo había fallado en la desaparición.
Por sorpresa de los tres, estos se aparecieron en un lugar rodeado de gente. Harry recupero la visión y se puso de nuevo en pié, después de la fuerte caída. Se encontraban en lo que parecía el centro de Hogsmeade, y lo que Harry había definido como gente, en realidad eran aun grupo de aurores de aspecto no muy amigable.

Estos, rápidamente se abalanzaron sobre el falso examinador. Ron, que se encontraba a su lado, salió corriendo hacia Harry.
En ése momento Tonks se acercó muy desesperada y les dió un fuerte abrazo:

-Chicos lo siento muchísimo. Estabais a mi cargo, y he fallado a la directora... Menos mal que avisé rápidamente a los aurores y os interceptaron antes de salir de la aldea.

Ron y Harry se agarraron a Tonks y aparecieron frente a la gran verja de los cerdos alados. Allí les esperaban para escoltarles a través de los terrenos del castillo, una escuadra de aurores.

-Harry, Ron vuestro próximo examen de aparición será dentro del casillo para que no halla peligros. Y para evitaros tener que contar todo, iré yo a hablar con la directora. Vosotros id a descansad. Os perdono la última clase de la tarde.

Esa misma noche apareció un ejemplar del profeta especial en el que anunciaron el suceso pero no nombraron a los chicos sino la identidad del falso examinado, un joven mortífago.

Estuvieron toda la noche, reunidos con sus amigos en la sala común y comentando lo sucedido. No se olvidaron tampoco, de hablar sobre el paradero de Dobby, que aún se encontraba desaparecido.

Cuando ya estaban a punto de subir a las habitaciones, Tonks, la nueva Jefa de la Casa Gryffindor, entró en la Sala Común para darle a Harry una carta con instrucciones de la Directora de Hogwarts:


Harry,

Sube a mi despacho antes de acostarte. Es urgente.

La contraseña es: “Máxima Cautela”.
Atentamente,
Minerva McGonagall
(Directora)

P.D.: Que no te vean.



Harry salió de inmediato con la Capa de su padre puesta y fue a paso ligero hacia el Despacho de Dirección.

Por el camino, se cruzó con el Profesor Flitwick de Encantamientos que actualmente ocupaba el puesto de Subdirector de Hogwarts. El diminuto Profesor estaba haciendo su ronda por el pasillo en compañía de Horace Slughorn, quien era el actual Jefe de la Casa Slytherin y Profesor de Pociones.
El aspecto de este último era imponente por las ricas ropas que lucía gracias a los beneficios obtenidos por la venta del veneno de Aragog y del manojo de pelos de unicornio con que el bonachón de Hagrid le obsequió el curso pasado.
Sin embargo, y a pesar de sus ricos ropajes, Harry no pudo evitar vislumbrar una cierta tristeza en sus cansados ojos.

- Máxima Cautela – dijo Harry nada más alcanzar la inmensa gárgola.

Cuando entró en el despacho, la Profesora McGonagall se levantó de inmediato.

- ¡Ah, Potter! ¡Ya estás aquí! ¡Excelente! Sírvete un pastelito de jengibre - dijo ella ofreciéndole una caja de pastitas en forma de corazón.

Harry sintió un vuelco en el estómago. La Nueva Directora no había realizado muchos cambios en la estancia y el Director Dumbledore le estaba sonriendo desde su retrato.

- ¡Vamos! – insistió ella.

Harry obedeció de inmediato, aunque no tenía ningún apetito. A pesar de su avanzada edad, la Profesora McGonagall tenía un aspecto severo que imponía mucho respeto y, aunque Harry sabía que en el fondo tenía su corazoncito, no podía dejar de sentirse intimidado ante cualquier orden dada por ella.

- Ahora te dejaré aquí solo, Potter – prosiguió ella - Bueno, no exactamente solo. El Profesor Dumbledore quiere tener una charla privada contigo. Cuando acabéis, puedes irte a tu habitación.

Y sin más, salió de su despacho dejando a Harry con el corazón en un puño. Quería preguntarle si habían averiguado quien se llevo al elfo, pero la directora parecía como si lo supiera, y cerró a toda prisa la puerta del despacho. Y de repente, Harry, escucho aquella voz que desde hace tanto tiempo anhelaba oír…

- Hola, Harry.

El muchacho no sabía como reaccionar, ni como dirigirse a la persona que mas quería después de sus padres.

- ¡Buenas noches, Profesor Dumbledore!

- Me alegra saber que, esta vez, no has empleado ninguna Maldición Imperdonable.

- Yo…- comenzó Harry avergonzado ante el comentario del anciano Director y las miradas recriminatorias de todos los retratos.

- ¡No quiero enterarme de que vuelves a emplear esos vergonzosos métodos, Harry! – dijo Dumbledore muy serio – ¡Tú no eres Voldemort!

- Profesor, yo no… ¡Era Bellatrix! – se defendió desesperado.

- ¡No me importa quién fuera! Escúchame, Harry - prosiguió con tono suplicante – Si empleas esos métodos, tu Alma se corromperá. Recuerda que es tu Alma Pura e Intacta lo que protege el Poder del Amor que reside en ti y que tanto afecta a Voldemort. No menosprecies así el sacrificio de los seres queridos que no dudaron en dar su vida por ti.

- Sí, Señor. No sé qué me paso. Fue superior a mí – respondió cabizbajo.

- Debes aprender a controlarte. La Oclumancia es el método perfecto para conocerte a ti mismo y para evitar cualquier incursión de Voldemort en tu mente. No olvides que tienes mucho que ocultar.

- Sí, Señor. Lo sé.

- Está bien – sonrió Dumbledore mirándole por encima de sus gafas de media luna – Sé que te arrepientes de tu comportamiento. Mañana mismo comenzarás tus clases de Oclumancia con Twiks.

- ¿Twiks? ¿El Elfo Doméstico?

- ¡Sí! Los Elfos Domésticos tienen grandes capacidades mágicas, Harry. Esa es la razón de que los Magos del pasado, temerosos por las habilidades de esas maravillosas criaturas, ataran a los Elfos Domésticos con un Potente Encantamiento. Ese Encantamiento podrían romperlo sin problemas pero, precisamente, el hecho de estar bajo los efectos de dicho Encantamiento les impide intentarlo. Con el tiempo, llegó un momento en el que los Propios Elfos se sintieron tan unidos a las vidas de sus Amos que pocos son los valientes capaces de dar un paso tan grande como el que Dobby dio hace unos años para intentar protegerte del Diario de Riddle. En cuanto a Twiks, el curso pasado le di la orden de no revelar nada de lo que descubra mientras practicas con él. Así que… ¡No te apures! El asunto de los Horcruxes seguirá a salvo de oídos indiscretos.

- Sí, Señor. Pondré todo mi empeño en dominar la Oclumancia.

- Estoy seguro de ello – dijo Dumbledore con una amable sonrisa – Buenas noches, Harry.

- Buenas noches, Profesor Dumbledore.

Nada más llegar a la Sala Común se encontró con sus amigos, los únicos que aún no se habían acostado, y les contó todo lo que Dumbledore le había dicho.

- Te lo dije, Harry. Te dije que no debías hacer eso y que controlaras tu genio.

- ¡Ya lo sé! – refunfuñó.

- ¿Y qué ha dicho cuando le has contado que el Guardapelo era falso pero que ya encontraste y destruimos el auténtico? – preguntó Ron.

- Aun no se lo he dicho.

- ¿Cómo? ¿Por qué? – preguntaron ellos.

- No me pareció el momento adecuado. Él me estaba echando una bronca bien merecida y no quise dar la sensación de que cambiaba de tema para escaquearme del asunto de las Maldiciones Imperdonables.

- Pero… - comenzó Hermione.

- Tranquila Hermione. Cada cosa a su tiempo. La Profesora McGonagall nos dejó a solas sin hacer preguntas, así que pensé que no me pondrá ningún impedimento si alguna vez quiero volver a hablar con Dumbledore en privado.

- ¿Estás seguro? - preguntó Ron.

- Sí. Subiré en cuanto supere el examen de Aparición para decirle que ya me puedo Aparecer y Desaparecer legalmente y que hay un Horcrux menos por el que preocuparse.

Harry tenía un ligero zumbido en los oídos por sus primeras prácticas de Oclumancia. Twiks resultó ser un Profesor muy agradable. Harry se sentía tan cómodo y relajado en su compañía que no le supuso ningún esfuerzo obtener sus primeros frutos ya en la primera clase. La clave residía en vaciar la mente lo máximo posible. No debía dejarse llevar por los sentimientos y las pasiones y debía actuar con la mayor frialdad posible. Para disgusto suyo, el joven Gryffindor comprobó por sí sólo que los consejos dados por Snape en sus tortuosas clases particulares resultaron ser más útiles de lo que pensaba. Si hubiera prestado más atención entonces, si hubiera empleado más la cabeza y menos el corazón... ¡Qué distinto sería todo!

El sábado por la mañana llegó el gran día. Ron, Hermione y Harry habían estado haciendo todo tipo de conjeturas sobre cómo harían para que los dos chicos pudieran Aparecerse y Desaparecerse dentro de los terrenos de Hogwarts ahora que Dumbledore no estaba en el Castillo. El curso pasado, el anciano director se las arregló para inutilizar, durante una hora y en un punto concreto del edificio, el antiguo Hechizo Antidesaparición que los Fundadores establecieron como método de protección para sus alumnos.

Tras un copioso y ruidoso desayuno, el Profesor Flitwick ordenó el desalojo del Comedor. Todos los alumnos obedecieron de inmediato y un batallón de doce aurores entró en la inmensa sala portando un voluminoso arcón de roble con una serie de runas labradas en los laterales y en la tapa.

- Sr. Potter, Sr. Weasley. Ustedes dos esperen fuera, por favor – dijo con su acostumbrada voz chillona.
- Sí, Señor – respondieron ellos.

Hermione decidió esperar con sus dos amigos y no dejaba de lanzar disimuladas miradas a Ron. Harry estaba muy relajado. La práctica de la Oclumancia le estaba enseñando a vaciar su mente de preocupaciones. Ron parecía un poco más sosegado que hacía un rato. El pelirrojo había estado toda la noche atacado de los nervios pero el ver tan tranquilo a su amigo parecía haberle dado la confianza suficiente para afrontar el examen.

Al otro lado de las inmensas puertas del Comedor se oía bastante ajetreo. Los Aurores del Ministerio parecían estar realizando un arduo trabajo de Magia para eliminar temporalmente el Hechizo Antidesaparición de los Fundadores. Sus voces resonaban produciendo un eco confuso en el que resultaba difícil adivinar las complicadas Invocaciones y Conjuros que estaban empleando para ese fin…

Un cuarto de hora más tarde la Jefa de la Casa Gryffindor les dijo que ya podían entrar en el Comedor para realizar su Examen de Desaparición. Los dos jóvenes entraron y Tonks se quedó fuera para hacer compañía a una Hermione que a duras penas podía disimular los nervios.

Cuando entraron en el Comedor, Harry y Ron se quedaron boquiabiertos. Había una especie de inmensa campana de cristal de diamante que ocupaba todo el espacio posible de la inmensa sala y que emitía una acogedora incandescencia dorada. Los doce Aurores estaban alrededor de dicha campana, con los brazos levantados hacia la cúpula y murmurando casi imperceptiblemente unas extrañas palabras que ninguno de los dos jóvenes fueron capaces de entender. En el interior de la sala había a su vez una serie de obstáculos situados a diferentes alturas y Harry no pudo disimular una divertida sonrisa al acordarse de los concursos caninos en los que los perros deben superar obstáculos como tubos, vallas y toboganes. Sin embargo, uno de los obstáculos ideados por el Ministerio le produjo un escalofrío involuntario. Se trataba de una especie de pequeño laberinto que le trajo a la memoria desagradables recuerdos. Sin embargo, en esta ocasión lo que custodiaban los laberínticos setos no eran monstruos ni un traicionero traslador sino un conjunto de plataformas de distintos colores, formas y tamaños a los que debían llegar tras superar el resto de los puntos señalados por el examinador.

El examen se alargó un poco porque, a pesar de que Harry lo pasó todo sin complicaciones, Ron se quedó paralizado por el pánico y le costó dar el primer paso. Afortunadamente, una vez superado el primer obstáculo, el pelirrojo volvió a confiar en sus posibilidades y, al igual que su amigo, superó el examen sin ningún problema.

Finalmente, tras el positivo veredicto del examinador, los Aurores comenzaron a murmurar en voz alta unos Encantamientos diferentes a los que habían estado pronunciando durante la prueba de los dos Gryffindor y los distintos obstáculos que habían tenido que superar disminuyeron de tamaño. Por último, la inmensa campana de cristal comenzó a encogerse y a ocupar el centro mismo de la sala traspasando los cuerpos de los presentes. En ese preciso momento Harry y Ron pudieron comprender que a pesar de la apariencia fría y dura del diamante, la campana parecía estar compuesta por algo suave, acogedor y cálido, como el abrazo protector de una madre.
El examinador agitó la varita y guió todos los objetos, a excepción de la campana, hacia el interior de una pequeña bolsita de terciopelo que se guardó en el bolsillo. La Campana, que seguía emitiendo un extraordinario brillo dorado, fue guiada con la ayuda de cuatro Aurores, hasta el interior del cofre de madera.

- Ya podéis iros – dijo el Subdirector muy sonriente.
- Gracias, Profesor Flitwick – respondieron ellos.

Al otro lado de las puertas del Comedor, Tonks y Hermione recibieron la grata noticia de sus resultados y la Jefa de la Casa iba a subir al séptimo piso para dar la feliz noticia a la Directora, cuando Harry interrumpió su carrera.

- Profesora Tonks.
- ¿Sí, Harry?
- ¿Le importa si subo yo a darle la noticia?
- En absoluto, Harry. ¡Claro que no me importa! – dijo ella muy contenta – No olvides decírselo también a Hagrid. El pobre está muy nervioso.
- Iré a contárselo en cuanto salga del Despacho de Dirección – apuntó Harry un poco nervioso por lo que se disponía a hacer en el despacho de la Profesora Mcgonagall.

“¿Me dejará quedarme otra vez a solas con Dumbledore?”, se preguntaba Harry. “¿Cómo reaccionará él al saber que se debilitó inútilmente para coger un falso Horcrux? ¡Seguro que se alegra de saber que hay uno menos! ¡Es una suerte que los falsos Harry, Ron y Hermione no fueran auténticas personas!”, siguió pensando Harry mientras subía las escaleras. “Si hubiera empleado el Avada Kedabra sobre una persona de verdad, mi alma se habría rasgado y yo mismo habría echado a perder mis posibilidades de superar a Voldemort en la Batalla Final”, concluyó con un nudo en la garganta y ya a los pies de la Gárgola.
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